Mi hogar no es del banco

img_9305

¿Cómo construí una casa sin hipoteca? No fue gran cosa, solo necesité una mentalidad de adolecente, cien dólares en el bolsillo, alguito de paciencia y un poco más de humildad. Ya verán.

Para empezar, a diferencia de lo que creí, los sueños no tienen fecha inicial ni de expiración. Lo mismo puedes tener tu primer negocio a los nueve que hacer un bachillerato lleno de canas.

A los 17, soñaba con largarme de la casa de mi madre. ¡No la soportaba! Quería un lugar propio para gobernarlo y hacer con mi vida lo que me diera la gana, pero no tenía ni un chavo prieto.

Lo que me sobraba era creatividad y la usé a mi favor. Hice una mansión en mi cabeza. En un cuaderno, parecido a un Pinterest prehistórico, pegué las fotografías con los detalles que me gustaban de las revistas de hogar.

Sabía cual vajilla comprar y el color de las cortinas. También, dibujé la terraza y piscina tipo infinity, con jacuzzi integrado, donde pasaría las noches junto a mi futuro esposo, Brad Pitt.

Cero imposibles. Estaba segura de que mis deseos se cumplirían si los imaginaba y dibujaba en mi cuaderno. Años más tarde comprendí que aquella mentalidad de teenager, me ayudó a dar el primer gran paso para alcanzar una meta, visualizarla.

Mi abuelo, que en paz descanse, me enseñó otra gran lección. En una ocasión busqué su consejo y me dijo: “Mija, si pa’ hacer una casa no hacen falta chavos. Con cien pesos tú haces una casa”.

Sus palabras me volaron la cabeza. Yo juraba que para tener un hogar debía seguir una serie de pasos inalterables: estudiar, casarme, trabajar; hacer crédito, pedir un préstamo y pagarlo por treinta años. vidadependeja.com

Abuelo me hablaba en serio y yo pensé que estaba loco. Hasta que recordé las decenas de casas que poseía, siendo un pobre más de la barriada El Cerro en Naranjito. ¿Cómo lo hizo?

Sencillo. Ahorraba cien pesos para comprar algo de materiales. Buscaba un par de vecinos que le ayudaran a cambio de un buen plato de arroz con pollo (preparado por abuela), unas cervezas y la garantía de hacer lo mismo por ellos cuando fuera necesario. Entonces, cada semana lo único que necesitaba eran cien dólares para construir una casa.

Parece lógico, pero hace falta coraje y determinación para hacer lo que hacía el viejo. La mayoría de las personas no se atreven. Por eso viven en complejos de cartón, anhelando el hogar de sus sueños.

Sé que pertenezco a una sociedad endeudada en busca de satisfacción inmediata y combos MEGA agrandados. Si quería hacer una casa con el esfuerzo y recursos disponibles, debía ser paciente.

Necesité paciencia para arreglar mis errores de principiante y sobre todo, para soportar a quien llegaba a criticar o a ofrecer soluciones rápidas que me alejaban del objetivo. No los juzgué; tampoco esperaba que me comprendieran, con mantenerme enfocada fue suficiente.

Sentí frustración al ver a mis amigas comprando apartamentos mientras yo vivía con roommates dividiendo la renta. Pensaba en la perpetua hipotecaria para no correr al banco. En cambio, abrí una cuenta de ahorros.

El que era mi novio me ofreció mudarme con él y pude ahorrar más. Cuando reuní lo suficiente, empecé a buscar un terreno hasta encontrar la mejor oferta. Conseguí una cuerda por diez mil dólares. ¡Una ganga!

Para bajar más los gastos, compré el terreno con mis dos hermanas. Son las personas que más amo en el mundo; así que serían las mejores vecinas que podría tener. Al final, solo pagué $3,300 por mi solar. ¡Viva el cooperativismo familiar!

Meses antes de comenzar la construcción, revisé mi viejo cuaderno. Algo no cuadraba. Las fotos representaban una mansión que no iba con mi realidad. Además, hacer una casa con ocho habitaciones, ventanas francesas y loza italiana, no solo era innecesario; también, me obligaba a trabajar más tiempo.

Me detuve a reflexionar. Quería un hogar para compartirlo con mis amados y llenarlo de recuerdos. Fui creativa en mi cuaderno, pero olvidé ser humilde. Así que, reestructuré el diseño para que reflejara mi nueva filosofía de una #VidaSencilla.

Dibujé un huerto, árboles y un columpio. Simplifiqué los espacios para no ser esclava de la limpieza. Planifiqué los sistemas de recolección de aguas de lluvia y luz solar para evitar facturas en el buzón. Eliminé habitaciones para darle más espacio a la cocina que es donde mejor se pasa. Entonces, quedó una casa más amorosa, libre y económica.

Tras cinco años trabajando, tenía $40 mil ahorrados. Suficiente para empezar a construir mi sueño. El 11 de febrero de 2011 colocamos el primer bloque.

Me tomó dos años materializar los dibujos de mi cuaderno. Lo hicimos al estilo de abuelo, con la ayuda de la familia y amigos. En el proceso hubo abrazos, insultos, risas, llanto y amor de sobra.

Si vienes, notarás que faltan algunas terminaciones y casi todos los muebles. Los ahorros se terminaron y toca volver a guardar; pero no hay prisa, pues vivo sin el ajoro de una hipoteca. Aquí, lo único que urge es hacer una fiesta o echarme en la hamaca, con mi cuaderno, a dibujar más sueños.