El próximo paso

Ok. Ya cuento con una casa libre de hipoteca, ahora el reto consiste en expandir mi autonomía a otras áreas; la alimentación, por ejemplo. Tengo un buen espacio de terreno del que obtengo un 20% de mis alimentos. Ahora la meta es alcanzar mayor autonomía; de modo que, las visitas al supermercado sean cada vez menos necesarias.

Mi estilo durante el embarazo

Mi política al vestir es la siguiente: si no voy a usar la pieza más de 30 veces no la compro. Con esto en mente busqué la ropa para mi embarazo y aquí te presento los resultados; además de algunas ideas para que tú tampoco gastes mucho dinero.

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Todo lo que necesitas está en el closet de tu pareja

Cuando tu cintura aumente en pulgadas usa la creatividad. Visita el closet de tu amors y toma prestada alguna t-shirt o camisa y combínala con una correa o tus tacones favoritos.

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Un solo vestido para todas las fiestas

Es posible que durante la espera de tu retoño la agenda social esté llena de bodas, bautismos y Baby shower. Compra un vestido tan práctico como este que, seguramente, podrás seguir usando tras dar a luz.

**Por cierto, este fue mi ajuar para cada fiesta a la que asistí incluyendo mi Baby Shower. En combinación con unas zapatillas blancas me quedó de show.

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Black is the new black

El negro siempre está de moda; así que vete a la segura con un buen leggins y una camisa negra. Engánchatelos cada vez que debas salir y no sepas qué ponerte.

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Casual- relajado

Para los días de paseo ponte tus tenis o botas favoritas junto a un vestidos en telas frescas y listo.

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Un wikén de 9 meses

Cada vez que el tiempo te lo permita despliega tu coquetería, estando a la moda, dentro de una pantaleta en algodón con un buen Sport Bra y tírate en la hamaca a descansar mientras tu cuerpo genera vida.

Alineando pensamiento, palabra y obra

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Llevo tres años subiendo este camino a pie para llegar a mi casa cada día. Hoy, al fin, iniciamos la construcción de una entrada apta para carros. No ha sido fácil tanta caminata, pues a veces voy cargada con paquetes bajo el sol del Sahara y otras, algún aguacero me sorprende a mitad del barro jabón y me tira cuesta abajo.

La última vez que hice una fiesta en casa, se zampó el diluvio de Noé y bajar a los invitados fue un parto. Desde entonces la familia no me visita. Al explicarles que aún no tenía el dinero para hacer el camino, sugirieron que le pidiera ayuda al alcalde; asegurando que si aprovechaba el año eleccionario, complacería mi petición sin dudar (ya saben, en el campo los políticos ganan simpatizantes bailando La Macarena o regalando asfalto).

Aunque el plan original era guardar dinero para tirar la entrada en cemento, la idea de ahorrarme unos miles me tentó. Camino a la Alcaldía me dio un no sé y desistí. En primer lugar porque es un descaro pedirle a este gobierno arruinado lo que no tienen y segundo, porque sería una hipocresía predicar empoderamiento y mendigar como si no tuviera poder propio.

Vestida de paciencia mientras ahorraba, recordé que el dinero no es el único obstáculo al que nos enfrentaremos en la vida. Steve Jobs, a pesar de ser millonario, recibió por años a la visita en el suelo de su sala, pues su obsesión con el diseño le dificultaba encontrar los muebles perfectos. El líder de Apple, nunca bajaba sus estándares, porque era de los que saben qué merecen y van tras ello.

Con esta actitud inicié esta mañana la construcción de mi entrada. Al recibir los materiales noté la diferencia real entre el asfalto que descarté y el cemento. Este último me recordará la sintonía que existe entre lo que pienso, digo y hago. Y no sé tú, pero yo prefiero llegar a casa con esa satisfacción

Mi hogar no es del banco

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¿Cómo construí una casa sin hipoteca? No fue gran cosa, solo necesité una mentalidad de adolecente, cien dólares en el bolsillo, alguito de paciencia y un poco más de humildad. Ya verán.

Para empezar, a diferencia de lo que creí, los sueños no tienen fecha inicial ni de expiración. Lo mismo puedes tener tu primer negocio a los nueve que hacer un bachillerato lleno de canas.

A los 17, soñaba con largarme de la casa de mi madre. ¡No la soportaba! Quería un lugar propio para gobernarlo y hacer con mi vida lo que me diera la gana, pero no tenía ni un chavo prieto.

Lo que me sobraba era creatividad y la usé a mi favor. Hice una mansión en mi cabeza. En un cuaderno, parecido a un Pinterest prehistórico, pegué las fotografías con los detalles que me gustaban de las revistas de hogar.

Sabía cual vajilla comprar y el color de las cortinas. También, dibujé la terraza y piscina tipo infinity, con jacuzzi integrado, donde pasaría las noches junto a mi futuro esposo, Brad Pitt.

Cero imposibles. Estaba segura de que mis deseos se cumplirían si los imaginaba y dibujaba en mi cuaderno. Años más tarde comprendí que aquella mentalidad de teenager, me ayudó a dar el primer gran paso para alcanzar una meta, visualizarla.

Mi abuelo, que en paz descanse, me enseñó otra gran lección. En una ocasión busqué su consejo y me dijo: “Mija, si pa’ hacer una casa no hacen falta chavos. Con cien pesos tú haces una casa”.

Sus palabras me volaron la cabeza. Yo juraba que para tener un hogar debía seguir una serie de pasos inalterables: estudiar, casarme, trabajar; hacer crédito, pedir un préstamo y pagarlo por treinta años. vidadependeja.com

Abuelo me hablaba en serio y yo pensé que estaba loco. Hasta que recordé las decenas de casas que poseía, siendo un pobre más de la barriada El Cerro en Naranjito. ¿Cómo lo hizo?

Sencillo. Ahorraba cien pesos para comprar algo de materiales. Buscaba un par de vecinos que le ayudaran a cambio de un buen plato de arroz con pollo (preparado por abuela), unas cervezas y la garantía de hacer lo mismo por ellos cuando fuera necesario. Entonces, cada semana lo único que necesitaba eran cien dólares para construir una casa.

Parece lógico, pero hace falta coraje y determinación para hacer lo que hacía el viejo. La mayoría de las personas no se atreven. Por eso viven en complejos de cartón, anhelando el hogar de sus sueños.

Sé que pertenezco a una sociedad endeudada en busca de satisfacción inmediata y combos MEGA agrandados. Si quería hacer una casa con el esfuerzo y recursos disponibles, debía ser paciente.

Necesité paciencia para arreglar mis errores de principiante y sobre todo, para soportar a quien llegaba a criticar o a ofrecer soluciones rápidas que me alejaban del objetivo. No los juzgué; tampoco esperaba que me comprendieran, con mantenerme enfocada fue suficiente.

Sentí frustración al ver a mis amigas comprando apartamentos mientras yo vivía con roommates dividiendo la renta. Pensaba en la perpetua hipotecaria para no correr al banco. En cambio, abrí una cuenta de ahorros.

El que era mi novio me ofreció mudarme con él y pude ahorrar más. Cuando reuní lo suficiente, empecé a buscar un terreno hasta encontrar la mejor oferta. Conseguí una cuerda por diez mil dólares. ¡Una ganga!

Para bajar más los gastos, compré el terreno con mis dos hermanas. Son las personas que más amo en el mundo; así que serían las mejores vecinas que podría tener. Al final, solo pagué $3,300 por mi solar. ¡Viva el cooperativismo familiar!

Meses antes de comenzar la construcción, revisé mi viejo cuaderno. Algo no cuadraba. Las fotos representaban una mansión que no iba con mi realidad. Además, hacer una casa con ocho habitaciones, ventanas francesas y loza italiana, no solo era innecesario; también, me obligaba a trabajar más tiempo.

Me detuve a reflexionar. Quería un hogar para compartirlo con mis amados y llenarlo de recuerdos. Fui creativa en mi cuaderno, pero olvidé ser humilde. Así que, reestructuré el diseño para que reflejara mi nueva filosofía de una #VidaSencilla.

Dibujé un huerto, árboles y un columpio. Simplifiqué los espacios para no ser esclava de la limpieza. Planifiqué los sistemas de recolección de aguas de lluvia y luz solar para evitar facturas en el buzón. Eliminé habitaciones para darle más espacio a la cocina que es donde mejor se pasa. Entonces, quedó una casa más amorosa, libre y económica.

Tras cinco años trabajando, tenía $40 mil ahorrados. Suficiente para empezar a construir mi sueño. El 11 de febrero de 2011 colocamos el primer bloque.

Me tomó dos años materializar los dibujos de mi cuaderno. Lo hicimos al estilo de abuelo, con la ayuda de la familia y amigos. En el proceso hubo abrazos, insultos, risas, llanto y amor de sobra.

Si vienes, notarás que faltan algunas terminaciones y casi todos los muebles. Los ahorros se terminaron y toca volver a guardar; pero no hay prisa, pues vivo sin el ajoro de una hipoteca. Aquí, lo único que urge es hacer una fiesta o echarme en la hamaca, con mi cuaderno, a dibujar más sueños.

My Little Pink Dress

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A todos los futuros esposos:

Entiendo que esté de moda la bobada esa de obligar a los invitados a vestirse del color que los novios impongan para su boda. Me honran al invitarme, pero debo informarles que hace unos años decidí simplificar mi vida y empecé por el armario. Ahora tengo pocas piezas que repito hasta gastarlas.

Mi ajuar oficial para las bodas es este hermoso traje rosado. No es un vestido cualquiera. Es una obra de la diseñadora Lisa Cappalli. Tiene un valor de $500, pero por supuesto, yo jamás pagaría esa cantidad. Lo compré en liquidación por $85.

Lamento romper la armonía visual de su evento y espero no incomodarlos. De todas formas, el vestido es apropiado para la ocasión. Durante la actividad, quizás levante algunas miradas, pero no se preocupen. Estoy acostumbrada a ser la oveja gris del blanco rebaño.

Dicho esto, si aún desean que asista a “el momento más importante de sus vidas”, ya saben lo que me pondré; a no ser que la novia sea una antipática y, en ese caso, le pido a mi hermana/Stylist que me haga el vestido de Cenicienta, pero eso casi nunca es necesario.

Bueno, espero que este asunto haya sido aclarado. Me despido de ustedes con un abrazo y ganas de verlos el día de su unión.

Será hasta entonces,

Greydaliz